veranos…

La ciudad se va borrando de gente y llenando de calma. El calor y los hielos de las bebidas ocupan su lugar y al pasear inhalamos la felicidad reflejada en las caras de los turistas ahora propietarios de lo nuestro. El ocio aspira a rellenar los huecos que deja el estrés de otra épocas hasta inflarlos tanto que rebosan, poniéndolo todo perdido de conversaciones banales y típicas: “qué calor hace hoy”, “¿irás a la playa mañana?… Mareados por el perfume de la tranquilidad inmortal, dudamos que existiera una vez habitante fijo, sedentario.

Los días elásticos como los relojes de Dalí (La persistencia de la Memoria, 1931) desafían a la noche que llega muy tarde y sin prisa. Y es tal su sutileza y disimulo, que nos vemos de pronto cautivos en la madrugada serena. Y continuamos encantados por la magia nocturna que desprenden las terrazas, plazas de siempre. Envueltos en la maraña social, hipnotizados por las sonrisas despilfarradas de todos, deslumbrados por el contraste evidente de las pieles tostadas y las vestiduras poco hechas…Ensoñaciones palpables, reales que no compartimos por el miedo a despertar…

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