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Y al volver…
Me desperezo al fin. Desde las nubes observo mi pequeño mundo, la cúpula de cristal en la que vivo, mi invernadero particular. El corazón me golpea desde dentro, vibra y bombea fuerte como queriendo renovar mi cuerpo, al volver. Las luces de noche perfilan mi isla y me aseguro a mi misma que oigo, aún desde el aire, las olas seduciendo a la costa.
Desparramo todo mi yo en las calles conocidas, reconozco cada color, cada olor. Saboreo los instantes cotidianos de mi mañana, con mi café y la fruta fresca que sabe a vida, al volver. Escucho el hablar y la música en las palabras, los sonidos familiares en frases afines, casi escritas por mi. Y los hábitos y los dejes, los ritmos pausados, los saludos elásticos de cualquiera…
EL horizonte finito me acoge de nuevo y me dejo. Buceo de nuevo sin prólogos ni alardeos, ni prisas; navego sin motor en mis rutinas conocidas, al volver.
Y más allá, más arriba, quedó la tierra toda, irreal; recordada para volver otro mañana, ahora lejano…

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